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«Arrestar o matar”: Renan Santos, el candidato antisistema que confronta a Lula y a Flávio Bolsonaro
A sus 42 años, Renan Santos apuesta por el voto joven de Brasil. Su fórmula podría resumirse en cuatro partes: un 25% anti-Lula, otro 25% anti-Bolsonaro, un 25% admirador de Nayib Bukele y otro 25% simpatizante de Javier Milei. Una mezcla que ayuda a entender a un candidato difícil de encasillar, pero que se mueve claramente en el campo de la derecha.
Su estrategia le ha permitido aparecer como una de las principales opciones fuera de la polarización entre Luiz Inácio Lula da Silva, el actual mandatario, y Flávio Bolsonaro. En julio, llegó a ocupar el tercer lugar en una encuesta de Real Time Big Data, con el 9% de las intenciones de voto. Los sondeos más recientes, sin embargo, lo sitúan más abajo, con el 3% o el 4%. Aun así, es toda una hazaña porque, a pesar de ser un desconocido para la mayoría de los electores, aparece por delante de otros candidatos más populares como Ronaldo Caiado, exgobernador del estado de Goiás, o Romeu Zema, actual gobernador de Minas Gerais.
Santos está consolidando su candidatura gracias a las redes sociales, especialmente en Instagram. Su capacidad de comunicación es una de sus principales fortalezas. Utiliza un lenguaje provocador y directo. No busca parecer moderado ni institucional. Ha utilizado episodios extremos de delincuencia para defender la pena de muerte, como el de un ladrón acusado de asesinar y cortar los dedos de su víctima para poder retirar dinero de un cajero. El crimen se convierte así en argumento político y en contenido para las redes.
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La precampaña también ha sido poco convencional. Santos ha recorrido Brasil en un automóvil, visitando varias ciudades y hablando de problemas que considera ignorados por la política tradicional: la violencia, las favelas, el embarazo adolescente y la falta de oportunidades entre los jóvenes. Su retórica es deliberadamente confrontativa y para algunos llega a resultar arrogante. Pero esa es también una de las claves de su atractivo: se presenta como alguien que no tiene pelos en la lengua y que ofrece supuestas soluciones prácticas a problemas que los políticos tradicionales, según él, llevan décadas sin resolver.
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De las manifestaciones callejeras de 2013 al ‘impeachment’ de Dilma Rousseff
Su trayectoria política está estrechamente ligada a las movilizaciones que sacudieron Brasil en 2013, bajo el lema “el gigante despertó”. Participó en las protestas que llevaron a millones de personas a las calles y que comenzaron con reivindicaciones como la reducción de las tarifas del transporte público, pero se convirtieron en una expresión más amplia de descontento con la política tradicional, la corrupción y los servicios públicos.
Un año después, en 2014, contribuyó a la fundación del Movimiento Brasil Libre (MBL). Este grupo heredó parte de la energía de aquellas movilizaciones y se convirtió rápidamente en uno de los principales movimientos de la nueva derecha brasileña. En 2015 y 2016, el MBL estuvo en primera línea de las gigantescas manifestaciones contra el Gobierno de Dilma Rousseff y desempeñó un papel importante en la movilización a favor del ‘impeachment’ de la expresidenta. Santos se atribuye un papel central en esa campaña.
En su biografía política reivindica que coordinó el Comité del Impeachment y que ayudó a llevar a millones de personas a las calles hasta la destitución de Dilma Rousseff, en agosto de 2016. Este episodio es fundamental para entender la construcción de su personaje político. Santos no se presenta como alguien que llegó ahora a la política para denunciar las injusticias desde fuera: se presenta como alguien que contribuyó a cambiarla desde dentro. El MBL fue también su escuela de comunicación. El movimiento convirtió las redes sociales en una herramienta de movilización política y popularizó una forma de hacer oposición basada en la provocación, el humor, la confrontación y mensajes simples, pero directos. Santos ha trasladado esa fórmula a su candidatura presidencial.
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La “nueva derecha”
Después del ‘impeachment’ de Dilma Rousseff, el MBL apoyó inicialmente al Gobierno de Michel Temer y posteriormente se distanció de Jair Bolsonaro. Santos pasó a defender la construcción de una derecha que no estuviera subordinada al bolsonarismo.
En 2023 creó el partido Missão, que aspira a ocupar ese espacio. La formación se presenta como una expresión de una “nueva derecha”. Pero el proyecto también está rodeado de controversias.
Una investigación de Agência Pública, la primera agencia de periodismo de investigación sin fines de lucro de Brasil, ha documentado que algunas posiciones de integrantes del Missão estarían relacionadas con posturas de ruptura institucional, el autoritarismo o el nazismo. El partido ha sido descrito por sus críticos como una formación de extrema derecha. La contradicción es parte del personaje: Santos quiere presentarse simultáneamente como un político antisistema y como alguien capaz de construir una estructura de poder propia.
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Ni Lula ni Bolsonaro
Su principal apuesta electoral es el cansancio con la polarización. Santos ataca a Lula, que cumplirá 81 años el 27 de octubre. Lo acusa de representar una política vieja y un Estado excesivamente grande, pero también critica el ultraderechista bolsonarismo, al que considera incapaz de ofrecer una verdadera ruptura con el sistema político.
Cabe recordar que Jair Bolsonaro también se presentó en la campaña de 2018 con un discurso antisistema, a pesar de llevar en la política activa desde 1988. A sus seguidores, Santos ofrece una combinación de liberalismo económico, conservadurismo, nacionalismo y un discurso de mano dura contra el crimen. En ese paquete entran también sus referencias internacionales. Santos admira a Javier Milei por sus posiciones contra la clase política y sus reformas económicas; y a Nayib Bukele por su política de seguridad en El Salvador. Pero su relación con Bukele expone una de las contradicciones más llamativas de su candidatura.
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Bukele sí, pero no tanto
Durante una entrevista, la principal emisora del país, Santos fue confrontado directamente con el modelo salvadoreño. La periodista enumeró algunas de las medidas adoptadas por Bukele durante su política de excepción: detenciones sin orden judicial, restricciones al ‘habeas corpus’, ampliación de los plazos de prisión sin control judicial y juicios colectivos. Santos rebatió que no pretende copiar el modelo salvadoreño, sino adaptarlo a la realidad de Brasil. Rechazó, por ejemplo, las detenciones sin mandato judicial y los juicios colectivos, y sostuvo que su proyecto respetaría la Constitución.
Sin embargo, no consiguió detallar en cuáles elementos del régimen de Bukele piensa inspirarse. Se limitó a responder: “Yo no soy Bukele, soy brasileño”. La frase resume la relación ambivalente con el presidente salvadoreño: Santos reivindica su capacidad para combatir el crimen, pero se distancia de los mecanismos más controvertidos.
Sin embargo, el plan de gobierno de Santos, plasmado en lo que llama “Libro amarillo”, contempla la construcción de supercárceles de máxima seguridad al estilo del Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) salvadoreño y propone aplicar el “Derecho Penal del Enemigo” a las organizaciones criminales. También plantea decretar estados de defensa en territorios controlados por las facciones criminales. Varias de estas propuestas requerirían cambios legislativos o constitucionales para ser aplicadas.
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Guerra contra el crimen
Consciente de que la violencia es actualmente la principal preocupación de los brasileños, Santos ha hecho de la seguridad pública el corazón de su campaña. Promete acabar con las grandes organizaciones criminales en el plazo de un año, gracias a una actuación más contundente de las fuerzas de seguridad y del Estado para recuperar territorios controlados por las facciones. Durante el lanzamiento de su campaña, el 16 de agosto, dijo que quería “teñir el suelo de rojo con la sangre” de los delincuentes.
Su discurso llega mucho más lejos. Se declara a favor de la pena de muerte, una medida que actualmente solo está permitida en Brasil en caso de guerra declarada, y propone endurecer las condiciones de encarcelamiento, reducir la edad de responsabilidad penal y restringir los beneficios penitenciarios. Su plan de gobierno también prevé la “desfavelización” de Brasil, es decir, la transformación progresiva de las favelas en barrios con infraestructura urbana y servicios públicos. Santos sostiene que no se debe “romantizar la pobreza” y que vivir en una favela es una situación que el Estado debe solucionar.
Un historial judicial controvertido
Su imagen de outsider convive con un historial judicial que sus adversarios utilizan para cuestionarlo. Santos acumula deudas con el Estado y la Seguridad Social que rondan los 1,1 millones de reales (unos 212.700 dólares). También ha enfrentado procesos por declaraciones ofensivas contra periodistas. Además, fue acusado de violación por una expareja en un caso que llegó a la Justicia. Santos fue absuelto y el Ministerio Público había solicitado la absolución por falta de pruebas. El candidato sostiene que la acusación era falsa.
Las controversias no se limitan a su vida personal. En agosto de 2026, el Ministerio Público Federal (MPF) presentó una demanda contra Santos y el MBL por declaraciones consideradas discriminatorias contra pueblos indígenas del Bajo Tapajós. El MPF pide una indemnización de 500.000 reales (96.689 dólares) y la retirada de las publicaciones.
Una tercera vía todavía pequeña
A pesar de haber llegado al tercer lugar en algunos sondeos durante la precampaña, Santos todavía está lejos de Lula y Flávio Bolsonaro. Su principal desafío será transformar una base digital, joven y muy movilizada, en una coalición electoral capaz de disputar realmente la presidencia.
Su apuesta es que exista en Brasil un electorado cansado de la polarización y dispuesto a buscar una alternativa fuera del lulismo y del bolsonarismo. La incógnita es si su personaje de candidato antisistema puede convertirse en una alternativa electoral capaz de romper el duopolio político de Lula y los Bolsonaro.
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