Politica
La división partidaria como amenaza permanente (OPINION)
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POR ALEJANDRO SANTOS
Otra vez tocamos el tema del preocupante declive de los partidos políticos dominicanos.
No se trata solamente de las frustraciones y los fracasos que los partidos han provocado desde el Gobierno. Ahora intentamos visualizar ciertos comportamientos internos que socavan la credibilidad del quehacer político y debilitan progresivamente el sistema democrático.
Los partidos dominicanos viven bajo la amenaza permanente de nuevos agrietamientos. Las divisiones continúan siendo su principal factor de debilitamiento y, en algunos casos, la causa de la casi desaparición de importantes organizaciones, obligadas a dedicar gran parte de sus esfuerzos a buscar fórmulas que las mantengan unidas, aunque muchas veces sea de manera artificial.
Ese deterioro no solamente reduce la fortaleza de los partidos, sino que también crea un vacío de representación que comienza a ser ocupado por figuras surgidas del espectáculo, las redes sociales y la farándula.
La izquierda
La izquierda dominicana constituye uno de los primeros y más claros ejemplos de esa tendencia divisionista histórica.
Durante años, muchas de sus organizaciones actuaron como satélites políticos e ideológicos de diferentes países socialistas y terminaron atomizadas en pequeños grupos. Con ello hicieron colapsar sus posibilidades de construir y sostener una plataforma que pudiera convertirse en una verdadera opción de poder durante la época de mayor apogeo de las corrientes de izquierda en América Latina y el mundo.
Por cada dirigente que lograba establecer alguna conexión con uno de los centros internacionales del socialismo, surgía un nuevo grupo inspirado en la doctrina ideológica del país con el cual se había establecido la relación.
La dinámica terminó reducida a una confrontación ideológica a muerte entre organizaciones pertenecientes a una misma corriente política, pero incapaces de ponerse de acuerdo entre ellas.
Se cultivó un nivel de radicalismo interno prácticamente superior al que se mantenía contra los adversarios comunes. Las diferencias entre compañeros terminaron siendo más profundas que las existentes frente a quienes combatían políticamente.
Así, la izquierda dominicana sucumbió ante sus propias divisiones, sin llegar a convertirse en una verdadera opción para alcanzar el poder, ni por la vía militar ni por la electoral.
Algunas recopilaciones históricas calculan que, hasta 2013, habían surgido alrededor de 65 partidos, frentes, movimientos y agrupaciones vinculados a distintas corrientes de izquierda, la mayoría de los cuales ya había desaparecido para entonces. Aunque se trata de una cifra aproximada, retrata con suficiente claridad la profundidad de la fragmentación.
Pero la división no se limitó a las organizaciones de izquierda. Las múltiples rupturas experimentadas, en diferentes momentos, por el Partido Revolucionario Dominicano y el Partido Reformista, junto con la más reciente del Partido de la Liberación Dominicana, completan una trayectoria que podría llevarnos a considerar la existencia de una verdadera cultura divisionista en la política dominicana.
Del PRD surgieron numerosas organizaciones y desprendimientos, entre ellos el PRM, que hoy gobierna el país. Del PLD nació la Fuerza del Pueblo, convertida en una de las principales fuerzas de oposición. El Partido Reformista, después de la desaparición física de Joaquín Balaguer, también sufrió divisiones, fugas y desprendimientos que redujeron considerablemente su influencia electoral.
No es necesario enumerar todas las ramificaciones creadas históricamente a partir de las divisiones del PRD, el Partido Reformista, la izquierda y, más recientemente, el PLD. Lo verdaderamente importante es comprender que este fenómeno se ha convertido en un ente vivo y permanente que corroe desde adentro el sistema de partidos dominicanos.
No todas las divisiones producen la desaparición inmediata de una organización. En algunos casos, el desprendimiento crece y termina sustituyendo al partido del cual surgió. Sin embargo, cada ruptura deja heridas, resentimientos, militantes desplazados y una mayor pérdida de confianza en la capacidad de los partidos para resolver democráticamente sus contradicciones.
El vacío dejado por el debilitamiento, las divisiones y la pérdida de credibilidad de los partidos comienza a ser ocupado por nuevas figuras provenientes de la farándula, el espectáculo y las redes sociales. En medio de ese escenario, hacen su aparición el relajo y la malquerencias como supuestas opciones políticas.
Melesio Morrobel, Tres Patines, Cantinflas y el Chapulín Colorado son personajes del humor que, desde realidades y épocas diferentes, provocaron alegría y nos enseñaron a observar determinados aspectos de la vida a través de la risa.
Tres patines
Sucede que, frente al declive de los partidos, ahora se nos quieren presentar como opciones políticas legítimas algunos personajes que inevitablemente nos hacen recordar a aquellos humoristas y a otros que también se hicieron a malquerer.
Amplios sectores de la población, afectados por carencias educativas y por la falta de herramientas para examinar críticamente la información que reciben, quedan expuestos a nuevas formas de manipulación que utilizan las tecnologías y las redes sociales como sus principales instrumentos.
La capacidad de crear contenidos virales, acumular seguidores y convertir cualquier ocurrencia en tendencia puede fabricar rápidamente una imagen de liderazgo. Pero la popularidad alcanzada en las redes no constituye necesariamente una demostración de capacidad para dirigir el Estado, comprender sus instituciones o enfrentar los complejos problemas de una nación.
No se trata de negarle a nadie el derecho de participar en política, aspirar a una posición electiva o formar una organización. La democracia debe permanecer abierta para todos. Pero una cosa es garantizar el derecho a participar y otra muy distinta aceptar que la popularidad, el espectáculo, la improvisación o la capacidad de hacer reír puedan sustituir la formación, las propuestas y el compromiso con el país.
Quieren convertir la política dominicana en un relajo. Tampoco debemos llegar al extremo de salir corriendo para agarrarnos de cualquier cosa, movidos por la frustración y el desencanto que han provocado los partidos tradicionales.
Aquí está haciendo falta una mayor reflexión y, sobre todo, una mayor capacidad de acción de los propios partidos. Pero también deben pronunciarse las academias, las iglesias, los gremios profesionales y las organizaciones civiles y sociales, dando un paso al frente para defender los valores democráticos y patrios, exigir mayor responsabilidad y reclamar un compromiso más serio de los partidos antes de que se produzca el colapso definitivo del sistema.
La política, en toda su amplitud, es una actividad seria. Requiere formación, dedicación, entrega, visión, vocación de servicio y capacidad para comprender los problemas de una sociedad. Los grandes referentes históricos fueron, en muchos casos, figuras excepcionales, dotadas de una inteligencia, una preparación y una destreza política fuera de lo común.
El país necesita humor para sobrellevar sus dificultades, pero no puede convertir su destino en una comedia. La risa puede ayudarnos a comprender la vida, pero no puede sustituir la responsabilidad de gobernar una nación.
Si los partidos no corrigen sus prácticas, fortalecen su democracia interna, forman nuevos liderazgos y recuperan la confianza perdida, el relajo dejará de ser una simple caricatura para convertirse en una opción política.
Y cuando una sociedad comienza a ver el espectáculo como alternativa de poder, ya no estamos solamente frente a la crisis de los partidos, sino ante una peligrosa degradación de la política y de la propia democracia.
jpm-am
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