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“No regresaremos”: Jóvenes migrantes marroquíes en Ceuta se niegan a abandonar su sueño europeo
Son las 2 de la madrugada, hora local, y un profundo silencio se cierne sobre la zona industrial de Tarajal en Ceuta. La oscuridad se rompe con las luces intermitentes de los coches de la Policía, mientras las olas rompen contra las costas de este enclave español en el norte de África, donde muchos han intentado cruzar a Europa sin éxito.
No muy lejos de la playa, menores marroquíes duermen a la espera de un nuevo día, sin saber qué les deparará.
Las puertas metálicas abiertas de la zona industrial dan paso a un espacio que, desde fuera, parece un taller mecánico. Cientos de migrantes se congregan allí, entre ellos muchos menores abandonados a su suerte. Algunos duermen en colchones, otros directamente en el suelo, y solo hay unas pocas mantas —que se turnan para compartir— para protegerse del frío de la noche o del calor del día.
“En busca de un futuro mejor”
Las cifras revelan la magnitud de la crisis. El Gobierno español estima que alrededor de 2.500 menores permanecen en las calles de Ceuta tras la oleada de llegadas masivas del 30 y 31 de julio, cuando más de 70.000 migrantes cruzaron la frontera desde Marruecos. La gran mayoría optó voluntariamente por regresar a sus hogares en los días siguientes. Pero entre los que permanecen en Ceuta, casi 4.000 son menores, según las ONG locales. La organización internacional Save the Children estima que solo unos 1.500 de ellos están actualmente bajo la tutela de los servicios de protección infantil.
“Estamos aquí en busca de un futuro mejor”
Reda, de 17 años, dice que llegó a Ceuta en busca de un futuro mejor. Tenía previsto presentarse a los exámenes de graduación de bachillerato este año y acababa de obtener un diploma en francés. También tenía previsto presentarse a las pruebas de selección de un equipo de fútbol.
Pero las precarias circunstancias en las que vivía lo obligaron a marcharse. “Estamos aquí en busca de un futuro mejor”, afirma.
Regresar a Marruecos no es una opción, insiste. “No regresaremos; no tenemos ningún deseo de volver”, subraya Reda, a pesar de sus difíciles condiciones de vida. Señala que los jóvenes que viven en las calles de Ceuta mantienen la esperanza de que Europa no los abandone.
“Mi amigo fue asesinado ante mis ojos”
Tras una peligrosa travesía marítima para llegar a Ceuta, llegar a tierra firme no significó seguridad para muchos de estos jóvenes migrantes.
Khaled relata cómo él y sus amigos fueron atacados por un grupo de jóvenes de El Príncipe, un barrio obrero en la zona sur del enclave. Sus agresores blandieron armas e intentaron robarles, cuenta, y varios de sus compañeros resultaron heridos y fueron trasladados al hospital.
Reda afirma que otro amigo fue asesinado durante un ataque en el mismo barrio. Los dos intentaron huir, pero su amigo tenía heridas en las piernas y no fue lo suficientemente rápido para escapar de sus atacantes. Recibió una herida mortal en el cuello.
“Mi amigo murió ante mis ojos; jamás olvidaré esa escena. Su sueño se desvaneció en un instante. En lugar de empezar una nueva vida, dejó este mundo”, lamenta Reda.
La pesadilla de Manal
A pocos pasos de Reda y Khaled, Manal, una joven marroquí de 16 años, cuenta otra historia de pérdida y miedo. Explica que partió a pie de Tánger, ciudad del norte de Marruecos, hacia Tetuán, junto a un grupo de migrantes del África subsahariana, antes de llegar a Ceuta durante la última oleada de travesías.
“Si no me hubiera escondido, ahora estaría muerta”
Entonces se encontraron con un grupo de jóvenes armados, relata. “Nos escondimos en las alcantarillas y nos dispararon. Si no me hubiera escondido, ahora estaría muerta”, afirma. La pesadilla de aquel incidente aún la atormenta.
La vida no ha sido fácil para Manal, quien afirma que su padre nunca reconoció su paternidad y que vivió con su abuela antes de partir hacia Ceuta. “Siento que la vida me ha cerrado las puertas. No tengo ni ambición ni futuro”, dice.
Pero Manal sí tiene un sueño modesto: mejorar su situación económica y sacar a su madre de la pobreza.
Poco después de llegar a Ceuta, Manal cuenta que la Policía la trasladó a un centro para menores migrantes. Sin embargo, explica que la violencia en el centro la obligó a marcharse y que ahora prefiere pasar las noches a la intemperie.
Menores vulnerables: “una tragedia de pobreza extrema”
Durante nuestra entrevista con Manal, un joven sale de una tienda de campaña de cañas instalada cerca. Es evidente que nuestra conversación ha despertado a Mohammed, también de 16 años. Suspira y describe otra dificultad más para los migrantes que viven en los almacenes de Tarajal.
“No tenemos baños (…) Así que nos vemos obligados a hacer nuestras necesidades cerca del mar. E incluso para lavarnos, tenemos que usar agua de mar”, explica el joven de Larache, una ciudad del noroeste de Marruecos.
Los niños dependen de la comida que les proporciona la ONG Luna Blanca, con sede en Ceuta. Pero las comidas solo se distribuyen una vez al día.
Muchos niños aún conservan las marcas de las heridas sufridas durante su travesía a Ceuta hace casi tres semanas. La falta de higiene y de acceso a medicamentos ha provocado que algunas heridas se infecten. Muchos migrantes también padecen sarna y buscan desesperadamente medicamentos para aliviar el picor y el dolor.
Dos menores se desplomaron en la zona industrial en la tarde del 12 de agosto. Uno de ellos, debilitado por la falta de comida y agua, no pudo soportar el intenso calor de agosto. El segundo niño sufría de amigdalitis, que se había agravado por la falta de tratamiento, dejándole con dificultad para tragar. Mientras los dos niños yacían en el suelo, otros migrantes acudieron rápidamente al lugar, pidiendo ayuda a gritos y exigiendo una ambulancia, que tardó en llegar.
Raúl Arnaiz, director de programas de Save the Children en España, describe la situación en los almacenes de Tarajal como “una tragedia de pobreza extrema”.
Estos menores no acompañados corren el riesgo de sufrir agresiones sexuales y explotación, dada la falta de vigilancia nocturna en una zona industrial prácticamente desierta, advierte.
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Un destino incierto
En las primeras horas de la madrugada, comienza un nuevo viaje. A las 5 de la mañana, cientos de menores se congregan frente a la comisaría de Ceuta con la esperanza de inscribirse e ingresar al sistema de protección. Pero las colas son largas, ya que las autoridades españolas intentan gestionar el enorme volumen de solicitudes. Alrededor de 1.400 menores se han inscrito hasta el momento, según el ministro español de Política Territorial, Ángel Víctor Torres.
Las autoridades marroquíes y españolas quieren priorizar la reunificación familiar y repatriar a los menores a Marruecos. Pero no es un procedimiento sencillo. La ley española prohíbe cualquier repatriación colectiva de menores no acompañados y cada caso debe evaluarse individualmente.
Dado que los menores no están sujetos a los mismos procedimientos que los adultos, no pueden ser repatriados automáticamente, explica Basem Salem, abogado de inmigración especializado en casos de asilo. En primer lugar, debe establecerse la identidad de los menores, examinarse su situación y verificarse sus circunstancias familiares, respetando siempre las garantías legales y el interés superior del niño.
El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Wahbi, afirma que ayudar a estos niños es una prioridad y que Rabat, a través de sus consulados, ha facilitado el proceso.
El Ministerio de Juventud e Infancia de España celebrará una conferencia a finales de agosto para analizar cómo distribuir los recursos y las responsabilidades entre el Gobierno central y las autoridades locales de Ceuta. La Administración de Pedro Sánchez ya ha destinado 25 millones de euros para ayudar a Ceuta a afrontar la crisis.
Divididos entre la esperanza de ser trasladados a centros de acogida en España y el temor a ser devueltos a Marruecos, estos jóvenes migrantes permanecen en la incertidumbre, a la espera de conocer su destino. Mientras tanto, la crisis humanitaria continúa.
Al caer la noche y disminuir el ajetreo del día, estos menores regresan a los almacenes, las calles, las montañas o la playa para intentar descansar. Entre las costas de dos continentes, separados por apenas unos metros, estos menores se encuentran atrapados entre un sueño al que no quieren renunciar, una realidad de la que no pueden escapar y un futuro que aún no pueden imaginar.
Este artículo fue adaptado de su versión en inglés
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