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Reino Unido desclasifica tecnología para fabricar misiles en Ucrania: ¿qué consecuencias traería en la guerra?

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Una decisión que va más allá de entregar misiles. El anuncio del primer ministro británico, Andy Burnham, tiene una diferencia sustancial con respecto a las anteriores entregas de armamento occidental: no se trata únicamente de suministrar misiles terminados, sino de transferir conocimientos y tecnología para que Ucrania pueda incorporarse a su fabricación.

El Reino Unido permitirá la divulgación de información clasificada relativa a componentes británicos del SCALP (MBDA por sus siglas en inglés), un misil de crucero de largo alcance producido por MBDA y conocido como Storm Shadow en la denominación británica. Francia y Ucrania trabajan, a su vez, en el establecimiento de una línea de ensamblaje en territorio ucraniano, con el objetivo de que la producción pueda comenzar antes de que termine el año, según fuentes citadas por la cadena británica ‘BBC’.

 “Ucrania ha sido la protectora de Europa”

La lógica estratégica es clara: si Ucrania consigue fabricar localmente una parte creciente de sus armas de largo alcance, puede reducir uno de los problemas que han condicionado su esfuerzo militar desde el inicio de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022: la dependencia de entregas extranjeras, sujetas a las existencias, prioridades industriales y decisiones políticas de sus aliados.

Burnham presentó la decisión como una cuestión de seguridad europea. Y es que durante su primera visita al extranjero desde que asumió el cargo, el primer ministro declaró que “Ucrania ha sido la protectora de Europa” y que el país no representa una carga para la seguridad continental, sino “la primera línea de defensa” del Viejo Continente. También afirmó que Londres seguirá respaldando a Kiev pese a las “indignantes amenazas” procedentes de Rusia.

¿Qué pueden aportar realmente los misiles SCALP?

El SCALP no es un arma nueva ni experimental. Se trata de un misil de crucero concebido para atacar objetivos de alto valor y fuertemente protegidos a cientos de kilómetros de distancia. Puede alcanzar unos 550 kilómetros y transportar una ojiva de aproximadamente 400 kilogramos.

Ucrania ya dispone de experiencia operativa con el sistema, tanto con el Storm Shadow británico como con el SCALP suministrado por Francia. Esa familiaridad podría facilitar el paso desde la recepción de armas terminadas a su ensamblaje local.

La ventaja más importante no estaría necesariamente en abrir una capacidad completamente nueva para Kiev, sino en ampliar y hacer más sostenible una capacidad que Ucrania ya ha utilizado. Estos misiles pueden atacar instalaciones militares protegidas, centros de mando, depósitos logísticos o infraestructuras situadas lejos de la línea del frente, incluidos objetivos en territorio ruso.

En ese sentido, la decisión británica encaja con una evolución más amplia de la estrategia ucraniana. Kiev ha incrementado sus ataques de largo alcance contra refinerías, instalaciones logísticas y otros objetivos dentro de Rusia, mientras Rusia ha intensificado sus ataques con misiles y drones contra ciudades ucranianas.

La guerra, por tanto, se desarrolla cada vez más en profundidad: ya no se trata únicamente de quién controla una determinada posición en el frente, sino de quién puede mantener bajo presión las redes logísticas, industriales y militares que sostienen al adversario.

El límite: fabricar un misil no es fabricar un dron

El principal riesgo de sobrevalorar el anuncio es confundir el acceso a los planos con una capacidad industrial inmediata.

Los misiles de crucero son sistemas complejos, caros y dependientes de cadenas internacionales de suministro. La ‘BBC’ subraya que estos sistemas se fabricaron históricamente en cantidades relativamente reducidas y que incluso disponer de la documentación técnica no garantiza un rápido acceso a componentes sofisticados.

Douglas Barrie, investigador principal del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), considera “notable” la decisión británica, pero advierte de que su impacto dependerá de la rapidez con la que Ucrania pueda establecer las líneas de ensamblaje y poner los misiles en servicio.

La diferencia es especialmente importante frente al modelo ucraniano de producción de drones. Kiev ha conseguido desarrollar una industria de vehículos no tripulados mucho más flexible y de mayor volumen, basada en buena medida en componentes comerciales y cadenas de suministro relativamente accesibles.

Los misiles de crucero, en cambio, pertenecen a otra categoría industrial. Requieren motores, sistemas de navegación, sensores, electrónica y materiales especializados. Por eso, incluso si el ensamblaje ucraniano comienza este año, el efecto sobre el equilibrio militar podría tardar en materializarse.

¿Son los misiles británicos la ayuda más urgente para Ucrania?

Existe  una contradicción central en las necesidades militares de Ucrania.

Los Storm Shadow/SCALP pueden ayudar a Kiev a golpear objetivos situados en profundidad, pero no resuelven el problema que más preocupa actualmente a sus defensas: la escasez de interceptores capaces de derribar misiles balísticos rusos.

Fuentes citadas por la ‘BBC’ y ‘CNN’ señalan que Ucrania afronta una seria falta de munición para sistemas como los Patriot. La vulnerabilidad quedó expuesta durante las recientes oleadas de ataques rusos contra ciudades ucranianas.

Es un escenario que crea una asimetría: Ucrania puede estar mejorando su capacidad para atacar objetivos a cientos o incluso miles de kilómetros, mientras sigue teniendo dificultades para proteger sus principales centros urbanos frente a las armas de largo alcance rusas.

El dilema explica por qué el anuncio británico es estratégico, pero no constituye por sí solo un punto de inflexión. Para modificar sustancialmente el balance militar, Kiev necesita simultáneamente más defensa aérea, más munición, capacidad industrial y financiación.

Zelenski cifró recientemente en 27.000 millones de dólares el déficit de financiación de defensa de Ucrania para este 2026 y advirtió la posibilidad de una nueva movilización rusa a gran escala.

¿Cuál es la advertencia del Kremlin?

Moscú interpreta el anuncio como una escalada. El portavoz presidencial ruso, Dmitry Peskov, acusó al Reino Unido de participar directamente en la guerra y afirmó que compartir tecnología clasificada “echa leña al fuego”. Tras conocer el anuncio de Burnham, Peskov sostuvo este lunes que Rusia está recopilando información para localizar posibles instalaciones de producción de misiles y destruirlas posteriormente.

La advertencia introduce un riesgo evidente: si Ucrania comienza a fabricar localmente los SCALP, las futuras instalaciones industriales podrían convertirse en objetivos prioritarios para los ataques rusos.

Moscú ya había advertido a Londres que una mayor implicación británica tendría “consecuencias”, después de acusar al Reino Unido de suministrar drones empleados en ataques de largo alcance contra territorio ruso.

No existe, sin embargo, una equivalencia automática entre una transferencia tecnológica y una entrada formal del Reino Unido en la guerra. Londres sostiene que está ayudando a Ucrania a ejercer su derecho a la defensa frente a una invasión. Pero desde la perspectiva rusa, la frontera entre asistencia militar y participación directa se ha ido desplazando a medida que los aliados occidentales proporcionan sistemas cada vez más sofisticados.

¿El verdadero efecto puede ser industrial y político?

El impacto más relevante del anuncio quizá no se mida en los próximos meses en número de misiles lanzados, sino en la transformación de la relación militar entre Ucrania y Europa.

Desde el comienzo de la invasión, el modelo predominante consistió en que los países occidentales suministraban armas fabricadas en sus propias industrias. La evolución que ahora se vislumbra es distinta: transferir tecnología, establecer producción en Ucrania y convertir al propio país en una plataforma industrial de defensa europea.

Ucrania afirma que ya produce alrededor del 70% de su armamento, según destaca la cadena británica ‘BBC’, con su experiencia en drones ha demostrado que puede desarrollar sistemas con rapidez y producirlos a gran escala. El desafío consiste ahora en trasladar parte de esa capacidad a sistemas mucho más complejos.

Si el modelo funciona con los SCALP, podría convertirse en precedente para otros programas de armamento europeo. También permitiría a Ucrania mantener una capacidad de producción incluso cuando las entregas desde el exterior disminuyan.

Para Europa, esto supone una cuestión más amplia que la guerra inmediata: significa discutir hasta qué punto la defensa del continente debe depender de arsenales estadounidenses o de pequeñas reservas europeas de armamento sofisticado.

Una señal para Europa en plena incertidumbre estratégica

El momento político del anuncio tampoco es casual. Burnham llegó a Kiev justamente en el Día de la Independencia de Ucrania para copresidir, junto al presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Friedrich Merz, una reunión de la denominada Coalición de los Voluntarios.

El mensaje colectivo se centra en que Europa pretende mantener su apoyo a Ucrania incluso mientras las perspectivas de una solución negociada siguen siendo inciertas y el respaldo estadounidense constituye una variable menos predecible.

La decisión británica puede, por tanto, tener dos efectos simultáneos. Por un lado, incrementa la presión militar sobre Rusia. Por otro, elevar el coste político de cualquier futura negociación: cuanto más integrada esté Ucrania en las cadenas industriales y tecnológicas de defensa europeas, más difícil será interpretar su seguridad como una cuestión exclusivamente bilateral entre Moscú y Kiev.

Burnham lo resumió al afirmar que Londres reconoce la plena soberanía de Ucrania y que las fronteras internacionales “no se pueden cambiar por la fuerza”.

¿Puede cambiar el curso de la guerra?

Por sí sola, probablemente no. El SCALP ofrece a Ucrania una capacidad valiosa y probada, pero las dificultades de producción, suministro de componentes y escalado industrial limitan su impacto inmediato. La experiencia de los últimos años también ha demostrado que los arsenales de armas sofisticadas pueden agotarse rápidamente en una guerra prolongada.

La propia Ucrania ha comenzado a responder a ese problema con una combinación de drones de largo alcance, misiles de fabricación nacional y programas destinados a desarrollar nuevos sistemas. La incorporación de la tecnología SCALP podría reforzar ese ecosistema, pero no sustituirlo.

El efecto militar dependerá, en última instancia, de tres variables: cuántos misiles pueda producir Ucrania, con qué rapidez y contra qué objetivos sean empleados.

Si la producción se mantiene en volúmenes reducidos, el impacto será principalmente táctico. Si Kiev consigue escalarla y combinarla con sus propios drones y misiles de largo alcance, podría obligar a Rusia a dispersar aún más sus defensas, proteger un número creciente de instalaciones y asumir mayores costes para sostener su aparato militar.

Es una guerra que se extiende más allá del frente. El anuncio de Londres ilustra una transformación fundamental del conflicto. La línea de batalla de unos 1.200 kilómetros continúa siendo decisiva, pero la profundidad estratégica adquiere un peso creciente.

Rusia intenta mantener su capacidad para golpear ciudades ucranianas y objetivos militares desde largas distancias. Ucrania, por su parte, trata de convertir la enorme extensión territorial rusa en una vulnerabilidad, atacando depósitos, refinerías, centros logísticos y otras infraestructuras relevantes para la guerra.

La demostración de drones realizada en Kiev este lunes en el marco del Día de la Independencia simbolizó precisamente esa transformación de la industria militar ucraniana. Los drones representan la cara relativamente barata y masiva de la nueva capacidad de ataque de Kiev; los SCALP, la cara sofisticada y de alto coste.

La combinación de ambas capacidades puede ser más importante que cualquiera de ellas por separado.

¿Cuál sería el riesgo para Europa?

Para los aliados europeos, la apuesta contiene una paradoja. Ayudar a Ucrania a producir armas dentro de su territorio puede hacer que el país sea menos dependiente de las entregas estadounidenses y, a largo plazo, fortalecer la seguridad europea. Pero también puede convertir instalaciones industriales ucranianas —y las cadenas de suministro que las conectan con Europa— en objetivos de una campaña rusa más intensa.

Eso explica la dureza de la respuesta de Moscú.

Al mismo tiempo, una mayor capacidad ucraniana para atacar objetivos en profundidad puede obligar a Rusia a destinar más recursos a su propia defensa y reducir la presión sobre el frente. Desde la perspectiva europea, ese podría ser precisamente uno de los objetivos: elevar el costo de la guerra para Moscú sin desplegar tropas de combate occidentales en Ucrania.

La cuestión decisiva será si Europa puede sostener ese esfuerzo durante años. La experiencia de la guerra ha mostrado que disponer de armas avanzadas es insuficiente si la producción industrial no puede reponerlas a un ritmo compatible con un conflicto prolongado.

El anuncio británico representa, en última instancia, una apuesta por el largo plazo.

Burnham llegó a Kiev afirmando que el Reino Unido respaldará a Ucrania “el tiempo que sea necesario” y vinculó explícitamente la seguridad de ese país con la europea. El Kremlin, por el contrario, interpreta esa política como una intervención creciente de Londres y como un obstáculo para cualquier avance hacia una solución negociada.

Pero las dos interpretaciones pueden coexistir: la transferencia tecnológica puede ser simultáneamente una medida defensiva para Ucrania y una escalada desde el punto de vista ruso.

Lo que todavía no está claro es si la nueva capacidad industrial podrá desarrollarse con la suficiente rapidez para influir en el campo de batalla. La guerra ha demostrado que Ucrania puede innovar con extraordinaria velocidad, pero también que los sistemas de alta tecnología necesitan tiempo, dinero y cadenas de suministro resistentes.

Por eso, más que un arma capaz de cambiar por sí sola el curso de la guerra, el SCALP producido en Ucrania puede convertirse en el símbolo de una nueva fase: la transición desde una Ucrania que recibe armas occidentales hacia una Ucrania que fabrica, adapta y desarrolla cada vez más su propio arsenal con tecnología europea.

Y esa transición no solo afecta al campo de batalla. También redefine el papel de Europa en la guerra y, potencialmente, la arquitectura de seguridad del continente durante los próximos años.

Con Reuters y medios locales

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