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“Si hay alguien con vida, haga ruido”: tras 72 horas del terremoto en Colombia, la esperanza se aferra a los escombros
El silencio que busca una voz. A las 07:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, la tierra comenzó a temblar con una fuerza que alcanzó una magnitud de 7,4. El epicentro fue localizado en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a 103 kilómetros de profundidad. Desde entonces, Colombia vive una carrera contra el tiempo.
Este jueves 13 de agosto se cumplen 72 horas, el periodo que los equipos de emergencia consideran crítico para encontrar personas con vida bajo estructuras colapsadas. No es una frontera absoluta —todavía es posible sobrevivir más allá de ese plazo—, pero cada hora que pasa reduce las posibilidades.
El balance oficial disponible hasta ahora habla de 265 muertos, 3.494 heridos y 496 desaparecidos. La destrucción alcanza a 11.347 viviendas, mientras otras 53.526 presentan daños y 140 edificios han colapsado. La emergencia afecta a 24.324 familias y 403 municipios de 14 departamentos.
“Les habla el equipo de rescate. Si hay alguien con vida, haga ruido”
En Cali, una de las ciudades más golpeadas, la búsqueda continúa en los puntos donde todavía existen indicios de vida. Los rescatistas se detienen, apagan motores, abandonan por unos minutos las palas y piden silencio.
Entonces solo queda escuchar: “Les habla el equipo de rescate. Si hay alguien con vida, hagan ruido”.
La frase se repite entre las ruinas de Pereira. Vecinos, voluntarios y rescatistas levantan los brazos y contienen la respiración. Buscan un golpe contra una pared, un grito, un quejido. Cualquier sonido que confirme que alguien sigue allí.
En algunos puntos hay sonómetros y pequeños micrófonos que penetran por las aberturas de los edificios. En otros, solo están los oídos de quienes llevan días trabajando entre los cascotes.
“Hay vida”, gritó en uno de esos momentos una voz a través del megáfono. Los aplausos sustituyeron al silencio. Los vecinos se abrazaron. Los rescatistas volvieron a las ruinas con renovada urgencia.
Pero escenas así son cada vez menos frecuentes.
“Cuando escuchas una voz, da mucha rabia dejar de escucharla”
En Pereira, Andrés, un voluntario que ha participado en las labores de búsqueda, resume el sentimiento que domina las calles: “Se acaba el tiempo. Y, cuando escuchas una voz, da mucha rabia dejar de escucharla. Duele mucho sacar un cuerpo sin vida cuando respondía bajo los escombros”.
Él estuvo presente durante la búsqueda del llamado “panadero”, un hombre que regentaba uno de los negocios del Parque de la Libertad. Los equipos lograron localizarlo, pero cuando llegaron hasta él ya no tenía vida.
A pocas calles, Marian espera noticias de su primo Pablo. Le dijeron que había salido a comprar pan cuando comenzó el terremoto. “Un amigo dice que cuando todo empezó a temblar, los dos corrieron hacia la puerta. Pero cree que él no llegó a salir”, cuenta, sentada frente a las grúas que remueven los restos del edificio donde podría encontrarse.
En otro punto, Luis Fernando observa sin apartar la mirada a los operarios. Su familiar, Carlos Fernando, podría estar atrapado en el tercer piso de uno de los hoteles desplomados.
“Nos han dicho que hay vida y nos ha dado un poco de esperanza”, dice mientras sostiene una pala.
Después formula una pregunta que resume el horror de quienes esperan: “¿Cómo será morir atrapado?”. Y él mismo responde: “No se lo desearía a nadie”.
En Cali, la situación no es distinta. Las comunas 17 y 19, atravesadas por la tradicional Calle Quinta, muestran edificios agrietados, estructuras severamente dañadas y construcciones convertidas en montañas de concreto.
“Desde el primer momento no hemos parado, hemos desplegado toda nuestra fuerza institucional para atender la emergencia y recibido la solidaridad de los caleños”, afirmó el alcalde Alejandro Eder.
En la ciudad se contabilizan 96 muertos, 88 personas rescatadas, 111 desaparecidos y 1.224 heridos. Ochenta edificaciones han colapsado parcial o totalmente y otras 832 presentan graves daños estructurales.
En al menos seis frentes donde todavía existen indicios de vida, los equipos mantienen las labores. En otros 20 puntos, las autoridades ya han descartado la supervivencia de personas y se preparan para comenzar la remoción de escombros.
Y allí aparece una de las partes más dolorosas de la tragedia: el olor a descomposición que comienza a salir de algunos edificios.
Después de las 72 horas, todavía queda esperar
Más de 1.000 soldados de la Tercera Brigada del Ejército permanecieron durante la noche en más de 40 puntos de Cali. A ellos se sumaron equipos internacionales, entre ellos los rescatistas mexicanos de Los Topos Azteca y especialistas procedentes de Estados Unidos.
Los equipos utilizan tecnología capaz de detectar señales bajo las estructuras mediante ondas electromagnéticas, mecánicas y acústicas, además de realizar búsquedas físicas en las zonas más profundas de los derrumbes.
La ayuda también llega en forma de alimentos y suministros. Más de 100 toneladas de asistencia humanitaria procedentes de El Salvador han llegado a Cali en dos entregas.
Pero mientras los equipos de rescate luchan contra el reloj, otra emergencia comienza a hacerse visible.
La morgue de Cali quedó desbordada por la cantidad de cadáveres recibidos y parte de los cuerpos tuvo que ser trasladada al vecino municipio de Palmira. Allí, las filas de familiares que esperan identificar y recibir a sus seres queridos muestran que el terremoto no termina cuando deja de moverse la tierra.
También los animales han quedado atrapados en la tragedia. En Cali, los equipos han encontrado 24 mascotas con vida y 14 fallecidas, mientras unas 240 continúan desaparecidas. Los animales rescatados son atendidos por el Centro de Bienestar Animal mientras sus dueños siguen buscándolos.
Para muchos afectados, además, comienza otra espera: saber si podrán regresar a sus casas. María del Rosario Arango Espitia pasa las noches en un albergue instalado en el Parque Olaya Herrera. Está desempleada y su vivienda, heredada de su madre, sigue en pie, pero presenta daños que le impiden sentirse segura.
“Estoy desempleada y, lo único que tenía era un piso en propiedad, que heredé de mi madre. Pero tengo miedo de volver”, explica. “Aún no tenemos información de las ayudas. Esperemos que nos digan pronto”.
La reconstrucción será el siguiente desafío, pero para miles de familias todavía resulta imposible pensar en ella. Primero necesitan saber quién está vivo, quién murió y quién sigue desaparecido.
Nadie quiere irse
La madrugada de este jueves encontró a muchos voluntarios todavía en las calles. Algunos llevan días sin dormir. Otros se resisten a abandonar los lugares donde todavía podría haber alguien atrapado.
“No quiero irme a casa por si me necesita. Puede ser el último rescate”, se escucha en el centro de Pereira.
Es quizá la frase que mejor resume estas horas.
Las 72 horas han pasado. La llamada ventana de vida se ha estrechado y las probabilidades son menores. Pero mientras exista un indicio, una vibración, un golpe entre los restos de un edificio, los rescatistas seguirán deteniéndose para escuchar.
Porque, después de tres días de muerte y destrucción, Colombia todavía aguanta la respiración ante la posibilidad de escuchar una voz.
Y mientras alguien pueda responder desde el otro lado de los escombros, la búsqueda no habrá terminado.
Con EFE y medios locales